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RECUERDOS DE LA VIDA/RICORDI DELLA VITA

LA AMETRALLADORA

LA AMETRALLADORA

La culata de la ametralladora se asombava por debajo del asiento. Cuando el soldado de casco verde y linterna anaranjada hizo señas a mi padre de parar el auto, fue la primera cosa que miré.

Mientras uno de los militares pedía los documentos y los controlaba, el otro daba la vuelta alrededor de la camioneta, iluminando el interior.

Algo habia pasado aquella noche de invierno, nosotros volviamos de la casa de la Tia Juana, habiamos festejado el cumpleaños de Cecilia, la hija de Enrique, a cierto punto, alguien habia golpeado a la puerta y los tios habian ido a atender.

Despues la fiesta habia terminado y todos nos habiamos ido para nuestras casas en silencio.

Ocho de octubre estaba iluminado por las luces de las “chanchitas” y “camellos”, y esta luz reflejaba en las filas de platanos torcidos que levantaban las veredas.

El soldado de casco verde habia hecho apoyar mi padre contra el capot del auto, cacheandolo para ver si llevaba algún arma, mientras tanto, el otro soldado, terminando de fumar su tabaco armado, volvió a mirar para adentro de la Commer; Con mi pie derecho intenté empujar hacia adentro la ametralladora, pero fue inutil, la luz de la linterna llegó hasta el borde y fue dibujando con un juego de luces y sombras, el contorno de aquella arma.

Capitán...dijo con voz segura, acá atrás hay unos niños y hay algo abajo del asiento, “controle” dijo el capitán, y el milico de malas ganas nos dijo que teníamos que movernos.

En tanto que esto sucedia, a fuerza de empujones, había logrado esconder el arma justo abajo del asiento y cuando el soldado volvió a iluminar hacia adentro, no vió otra cosa que mi pie apoyado en el lugar donde antes había visto el fierro.

Tiró el pucho, se acomodó la visera del casco, iluminó otra y otra vez, y dijo al capitán casi desilusionado: “no era nada, falsa alarma”.

De malas maneras nos despidieron y asi nos fuimos por una ocho de octubre cada vez más oscura, golpeada por el frío de la noche.

Cuando llegamos a casa, mientras mis hermanos bajaban, recogí mi ametralladora de juguete, escondiendola abajo del buzo que la abuela Catalina me habia tejido, mirando hacia todos lados, corrí hasta la cocina y sin que nadie me viera, escondí el juguete abajo de la mesa roja, justo atrás de la heladera, para que nadie, ni el milico más vivo pudiera encontrarla.

 

Fernando.

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