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RECUERDOS DE LA VIDA/RICORDI DELLA VITA

DE PESCA EN EL SOLIS CHICO

DE PESCA EN EL SOLIS CHICO

Con mucho cuidado y atención preparabamos todo lo necesario para pasar una mañana de pesca en el arroyo Solis: la carnada (por lo general un salamín comprado por pocos pesos en el almacén de la esquina), las cañas de pescar y sobre todo el aparejo, aquel de tensa verde que se enrollaba en una lata de duraznos brasileros.

Gorritos playeros en la cabeza, cuchillito para matar los peces y cortar la carnada en la bolsa, subiamos corriendo y nos acomodabamos en la vieja Commer, todos sentaditos sin movernos, nerviosos y contentos al mismo tiempo.

La camioneta agarraba la carretera y se encaminaba hasta el peaje, era allí nuestro lugar preferido de pesca, antes de llegar, papá bromeaba siempre diciendonos que nos estabamos volviendo para Montevideo, pero unos metros antes del peaje, giraba a la izquierda metiendose por una calle secundaria que nos conducía derechito al borde del arroyo.

Casi nunca el agua era alta, por lo general, podiamos meternos en el medío del arroyo sin problemas, caminando entre las piedras hasta encontrar la roca justa donde hacer nuestro puesto de pesca.

Sacabamos los instrumentos, cada cual con su cañita de pesca, sus bollas y sus plomadas, con el cuchillito sin filo cortabamos pedacitos de salame que generalmente terminaban a mitad camino entre el tiro de la plomada y el arroyo, una vez más recogiamos la lansa para cargar nuevamente el anzuelo.

Cangrejos flacos y mal comidos eran nuestra primera pesca, se enganchaban con sus patas a los anzuelos ferrugientos y terminaban acuchillados sin piedad por papá que usaba la carne blanca y tierna como carnada para el aparajo.

Con un movimiento de atleta a las olimpiadas, hacia girar la plomada a forma de gota sobre su cabeza y lanzaba el aparejo en el medio del arroyo.

Despues el silencio. Solo los autos que pasaban por la carretera interrumpian nuestra concentración, atentos al minimo detalle, mirando fijo las lansas, esperabamos el momento magico de la recolección del pescado.

Pasaban algunas horas, no muchas a decir la verdad, porque los más chicos empezabamos a perder la paciencia y sobre todo, haciamos perder la paciencia a nuestro padre, que nervioso por nuestro continuo ir y venir por el borde de la roca, nos gritaba continuamente advirtiendonos de los peligros eminentes que corriamos.

De repente, algunas gotas de agua nos salpicaban cuando el hilo del aparejo se ponía tenso, señal eviddente que algún pez habia caido en la trampa, todos nos girabamos hacia nuestro padre, que con gran habilidad, recogía la lanza en un movimiento continuo de manos que no dejaba ver los dedos mientras lo hacia.

Despues de haber recogido los veinte metros de aparejo, en la punta de la cuerda se asomaba la cabeza moribunda de un pez de los ojos negros, grande como el palmo de una mano que agitaba violentamente la cola tratando inutilmente de liberarse del fatal anzuelo que lo habia atrapado.

Dando los ultimos coletazos, terminaba mojando la roca y con frialdad de pescador experto, nuestro padre daba fin a las ultimas esperanzas de vida del pescado.

Todos gritabamos de alegria, habiamos finalmente pescado, metiamos delicadamente el pescadito en un balde playero con agua del arroyo para mantenerlo fresco y recogiamos nuestras cañas de pescar para ver si habiamos tenido la misma suerte que nuestro padre, mientras tanto, el pescador de turno tiraba nuevamente el aparejo al arroyo, convencido de estar pasando por el momento justo.

Error impagable este, pues el cometido era solo uno: pescar un pescado, para nosotros niños impacientes, el objetivo era ya obtenido y empezaba la guerra de nervios entre nuestro padre y sus hijos.

Si antes lo habiamos puesto nervioso caminando para atrás y adelante, ahora que habiamos pescado lo haciamos enloquecer metiendo los pies en el agua, haciendo caer una y otra vez los gorritos en el arroyo o escapando a los gritos de los cangrejos que subían a la roca a comerse los restos del pescado.

Pasaban cinco minutos y con un “siempre pasa lo mismo con ustedes” levantabamos campamento y volviamos a la Commer con nuestra pesca bien custodiada en el baldecito de playa.

Contentos y felices recorriamos los veinte quilometros que separaban el peaje de Marindia, llegando a casa en pocos minutos, bajabamos corriendo con el baldecito, dejando todo el resto en el auto ibamos a buscar a nuestra madre para mostrarle el botín, felices y contentos de haber finalmente, pasado una mañana de pesca junto a nuestro querido padre.

Fernando.

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